La violencia escolar en Chile ha dejado de ser un fenómeno periférico para transformarse en una amenaza estructural. Ya son muchas las historias que confirman la situación de profesores con miedo de volver al aula. Docentes que no duermen pensando en el próximo incidente. Maestros que se sienten solos, sobrepasados, vulnerables. Y lo más doloroso: algunos que, como Katherine Yoma, deciden poner fin a su vida tras años de violencia y abandono institucional.

Un colapso emocional silenciado

En Chile, más del 86% de los docentes declara haber sido víctima de insultos en su lugar de trabajo. Uno de cada cuatro ha recibido amenazas. Y el 16,6% ha debido tomar licencia médica por problemas de salud mental. Las cifras son duras, pero el verdadero impacto es humano: cada ausencia, cada renuncia, cada silencio, debilita el tejido emocional de nuestras comunidades escolares.

En ciudades como Iquique, más de mil licencias médicas fueron emitidas solo entre enero y julio de 2024. La mayoría vinculadas al estrés y al agotamiento emocional. Los síntomas del burnout docente ya no son marginales: se han vuelto parte de la cotidianeidad de miles de educadores.

Y no hay reemplazos. Cada licencia sin cobertura sobrecarga aún más a los colegas que se quedan, afectando la calidad del aprendizaje y la estabilidad emocional del equipo educativo. Se genera un círculo vicioso donde la tensión se multiplica y el deterioro se acelera.

El aula se vacía: deserción docente y vocaciones truncadas

Entre 2018 y 2023, más de 48 mil docentes abandonaron las aulas. Una deserción silenciosa, pero constante. El informe de la Universidad del Desarrollo alerta que un 6,5% de los profesores deja el sistema cada año, mientras se proyecta un déficit de al menos 26 mil maestros para 2025.

Y no solo se van los que están. Cada vez llegan menos. Entre 2015 y 2023, la matrícula en carreras de pedagogía cayó un 30%. Los jóvenes ya no quieren ser profesores. ¿Por qué? Porque ser docente hoy es, para muchos, sinónimo de maltrato, estrés y precariedad.

Esta combinación —docentes agotados, futuros profesores desmotivados, condiciones laborales adversas— amenaza con vaciar nuestras salas de clases. Y si no hay maestros, no hay educación. Es así de simple. Y así de grave.

¿Cómo llegamos a este punto?

Es fácil buscar culpables. Pero lo que enfrentamos es una crisis multifactorial:

  • Ambientes escolares hostiles.
  • Falta de equipos psicosociales.
  • Protocolos ineficaces.
  • Poca formación en convivencia.
  • Sobrecarga burocrática.
  • Falta de apoyo institucional.

Todo esto configura una tormenta perfecta que golpea, una y otra vez, la salud emocional del profesorado. Lo más preocupante es que muchas veces la respuesta institucional se limita a talleres puntuales, bonos circunstanciales o campañas simbólicas. Pero los docentes no necesitan más papeles. Necesitan contención. Necesitan herramientas. Necesitan soluciones que prevengan, no solo remedien.

No basta con reaccionar: necesitamos prevenir

La educación chilena está al borde de un colapso emocional. Y prevenir ya no es una opción. Es una necesidad urgente. Como país, debemos dejar de ver la violencia escolar como un problema disciplinario aislado y comenzar a tratarla como lo que realmente es: un problema de salud mental pública.

Para eso, se requieren cambios estructurales:

  • Equipos especializados en cada escuela.
  • Protocolos claros y efectivos de intervención.
  • Formación continua en habilidades socioemocionales.
  • Participación activa de las familias.
  • Y, muy especialmente, herramientas tecnológicas que permitan detectar a tiempo las señales de alerta.

Tecnología con propósito: una esperanza desde la innovación

Aquí es donde soluciones como Edumokia School cobran un rol transformador. Porque la tecnología, bien aplicada, puede ser una aliada ética y eficiente para cuidar a quienes cuidan. Edumokia School no reemplaza al profesional. Lo potencia. Lo acompaña. Lo libera de tareas repetitivas para que pueda hacer lo más importante: escuchar, acompañar, cuidar.

Un nuevo paradigma de convivencia escolar

La violencia no se erradica con castigo, sino con comprensión. Y para comprender, hay que mirar más allá del síntoma. Cada estudiante que agrede está, en el fondo, pidiendo ayuda. Y cada profesor que enferma está gritando que algo no está bien. Escucharlos es el primer paso. Actuar con datos, el segundo. Intervenir con humanidad, el tercero.

En ese camino, plataformas como Edumokia permiten visualizar patrones de riesgo, activar alertas tempranas y construir planes de acción efectivos. Porque no se trata de controlar. Se trata de prevenir con sentido, con ética, con humanidad.

Educar es cuidar. Y cuidar debe ser una política de Estado

Hoy, más que nunca, necesitamos políticas que revaloricen la docencia:

  • Salarios dignos.
  • Apoyo psicológico real.
  • Reducción de la carga burocrática.
  • Espacios seguros para enseñar y aprender.
  • Tiempo y recursos para fortalecer la convivencia.

Educar no puede seguir siendo una carrera de resistencia. Debe ser una labor respetada, acompañada, reconocida. Porque sin bienestar docente, no hay calidad educativa posible.

Un llamado urgente a toda la comunidad educativa

Este no es un problema solo del Ministerio. Tampoco solo de los colegios. Es un desafío país. Las familias deben asumir su rol formador. Los estudiantes, aprender a gestionar sus emociones. Las comunidades escolares, a escucharse y cuidarse. Y el Estado, a proteger la salud mental de quienes sostienen el sistema desde la primera fila.

¿Hacia dónde vamos?

Estamos en un punto de inflexión. Podemos seguir normalizando la violencia, el agotamiento y la deserción. O podemos empezar a construir escuelas donde se enseñe sin miedo y se aprenda con dignidad. Si decidimos actuar con visión y compromiso, aún estamos a tiempo. Porque prevenir no es solo evitar lo malo. Es crear condiciones para que lo bueno florezca.

Es cuidar a quienes nos cuidan.

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